domingo, 7 de febrero de 2016

Sobre Émile Gaboriau y los orígenes de la novela policiaca (y III)



Con esta entrada voy a concluir, al menos de momento, mi reflexión sobre la influencia de Gaboriau en el desarrollo posterior del género policiaco. Como ya anuncié, mi propósito es ahora centrarme en la técnica narrativa. Hay un aspecto en que Conan Doyle sigue a pies juntillas a Gaboriau; otro en que se separa radicalmente. Comenzaré por el primero.
Al leer Le crime d’Orcival (1866) –y releer, después, Le dossier nº 113 (1867)– hubo algo que me llamo poderosamente la atención: la revelación de la identidad del culpable no se reserva para el último capítulo, sino que se desvela una vez superada la primera mitad de la novela; la segunda mitad se reserva para narrar una historia cuyas raíces se hunden en un pasado lejano para los personajes y que explica el encadenamiento de sucesos que provoca la comisión del crimen. Un lector del siglo XXI, que ha cursado desde The Murder of Roger Ackroyd hasta Il nome della rosa, tiene claro el código del género: solo se sabe quién es el asesino al final. Pero Gaboriau parece desconocer ese código, parece ignorar cómo se deben leer y escribir novelas policiacas de las de libro. Evidentemente, es así: Gaboriau es un escritor formado en la escritura de folletines –por algo trabajó con Paul Féval– y no de novelas policiacas. Somos nosotros, los lectores actuales, quienes proyectamos nuestras expectativas literarias sobre un texto creado desde unos presupuestos distintos a los que manejamos. De 1866 a 2016 han pasado muchas cosas: la más importante para el tema que nos ocupa es la publicación y difusión de multitud de novelas policiacas que provoca que leamos Le crime d’Orcival bajo una luz que nunca se utilizó para su escritura.
Sir Arthur Conan Doyle
La luz usada por Conan Doyle parece estar más cercana a Gaboriau que a nosotros mismos; si nos atenemos a la mera cronología, la afirmación resulta trivial; si nos lo planteamos desde la técnica narrativa empleada, considero necesaria una explicación. Según se sabe, el canon holmesiano consta de cincuenta y seis historias cortas[1] reunidas en cinco colecciones y cuatro novelas largas; las novelas largas son A Study in Scarlet (1887), The Sign of Four (1890), The Hound of the Baskervilles (1901 a 1902) y The Valley of Fear (1914 a 1915) y las cuatro presentan una característica común: la articulación del relato en dos partes, una primera en que se presenta y se resuelve el enigma detectivesco propiamente dicho y una segunda, de dimensiones parecidas a la primera, en que se recurre a un salto espaciotemporal (analepsis, que dirían los clásicos) que manifiesta explícitamente las causas remotas que han provocado los hechos de la primera parte. Es exactamente el esquema de folletín al que recurre Gaboriau y, por lo que a mí se me alcanza, inusitado en el desarrollo del género policiaco posterior a Conan Doyle. De ahí que postule la influencia directa de Gaboriau en Conan Doyle.
Donde las tradiciones francesa y anglosajona se separan radicalmente es en el punto de vista narrativo. El manual de poética de Brioschi y Di Girolamo[2] distingue tres puntos de vista básicos: en primer lugar, el narrador omnisciente, en el que este sabe más que los personajes; en segundo lugar, aquel en el que el narrador sabe y dice lo que sabe el personaje (Por lo general, en una novela policiaca el punto de vista es el del detective y todo cuanto sucede se nos refiere a medida que el detective lo averigua[3]); y en tercer lugar, el narrador conductista o behaviorista, que sabe y dice menos de lo que sabe el personaje ([…] también Watson, que narra en primera persona las aventuras de Sherlock Holmes, sabe menos que el protagonista[4]). Las citas en cursiva del manual mencionado nos dan la pista: hay novelas policiacas en que el narrador adopta el segundo punto de vista narrativo y otras en que el punto de vista es el tercero. Pues bien, me parece posible llegar a una generalización: la tradición anglosajona clásica, de raíces británicas más que estadounidenses, utiliza el narrador conductista; la francesa, el segundo tipo de narrador.
El detective anglosajón ha necesitado casi siempre un amigo / ayudante / confidente que narre el curso de sus investigaciones. Tiene que tener dos características fundamentales: en primer lugar, una cierta habilidad narrativa (lo que en último término no es atribuible al personaje, sino al autor); en segundo lugar, ser algo bobo para mostrar ante el lector las pistas que ve el detective y al mismo tiempo no extraer de ellas las conclusiones oportunas –y, en algunos casos, obvias–, lo que permitirá un mayor lucimiento del protagonista en el momento de la resolución final. El arquetipo es el doctor Watson, pero la serie se inicia en el anónimo cronista de las historias del chevalier Dupin de Poe y se prolonga en personajes como el capitán Hastings, el amigo de Hercule Poirot, o Archie Goodwin, el ayudante de Nero Wolfe. Esta figura es absolutamente inexistente en la narrativa francesa: ningún narrador ficticio se interpone entre el autor y el personaje; entre Maurice Leblanc y Arsène Lupin no hay intermediarios; no me imagino al comisario Maigret llevando todo el día un perro faldero con apariencia de escribano levantando acta de sus palabras y de sus actos. Y creo honestamente que eso no está en la novela policiaca francesa porque no está en Gaboriau.


[1] En 2015 se dio la noticia del hallazgo de un relato publicado en 1904 y que se creía perdido, pero hasta donde yo sé dicho relato aún no se ha intregrado en el canon. Cf. http://www.abc.es/cultura/libros/20150221/abci-historia-perdida-holmes-escocia-201502210951.html
[2] Brioschi, Franco; y Di Girolamo, Constanzo: Introducción al estudio de la literatura [Elementi di teoria letteraria].- Con la colaboración de Alberto Blecua [Perdices], Antonio Gargano y Carlos Vaíllo [Torres].- [Trad. de Carlos Vaíllo Torres].- Editorial Ariel, S. A. (Letras e Ideas, serie Instrumenta), Barcelona [1988].- 356 págs. (21 x 13,5); cf. págs. 217-220.
[3] Ibidem, pág. 218.
[4] Ibidem.

domingo, 31 de enero de 2016

Sobre Émile Gaboriau y los orígenes de la novela policiaca (II)



En la última entrada les hablaba de cómo había llegado a la lectura de Le crime d’Orcival (1866) de Émile Gaboriau y me comprometí a intentar analizar en qué medida sus novelas policiacas habían influido en la corriente anglosajona del género y, en particular, en la obra de Conan Doyle, así que vamos a ello. En mi opinión, los aspectos que se deben tener en cuenta se pueden agrupar en torno a dos ejes: por un lado, la creación del detective protagonista; por otro, la técnica narrativa.
Ilustración de Sidney Paget para la primera edición de “The Man with the Twisted Lip”
Ya desde Poe, el protagonista de una historia policiaca no es, salvo excepciones, ni el asesino ni la víctima, sino el detective; si mi memoria no falla, el chevalier Dupin es el único personaje del escritor estadounidense que aparece en más de uno de sus sesenta y siete cuentos[1]: lo hace en “The Murders in the Rue Morgue” (1841)[2], “The Mystery of Marie Rogêt” (1842 a 1843)[3] y “The Purloined Letter” (1845)[4]. Con ello aparece un rasgo de suma importancia: el carácter serial del género; los lectores buscamos una aventura de un determinado personaje (llámese Lecoq, Holmes, Sam Spade o Marlowe) porque es ese personaje el que marca el tono general de la narración hasta el punto de que hay escritores que crean distintos personajes para variar de registro[5]. El protagonista de Gaboriau es un detective oficial llamado Lecoq, a quien, como ya señalé, Holmes despreciaba. Y sin embargo, hay varios puntos en que Holmes sigue los pasos de Lecoq: en primer lugar, es obvio decirlo, la habilidad deductiva, que procede de una fuente anterior –el propio Poe– y que constituirá la seña de identidad del género por lo menos hasta la aparición de la novela negra americana, aunque en los más grandes –Hammett y Chandler– nunca dejará de estar presente. Pero existen otros aspectos de la construcción del personaje Holmes que derivan directamente y sin solución de continuidad de Lecoq: el movimiento y el gusto por el disfraz. Holmes se mueve, y se mueve mucho; como decía el clásico, se mueve más que los precios; está aquí y allá, en un fumadero de opio[6], en las cataratas de Reichenbach[7] o en el Diogenes Club[8]; y para no ser reconocido igual se disfraza de pastor protestante[9] que de librero vecino de Watson[10]. Nos hemos acostumbrado tanto a la versión del Holmes cerebral, flemático, insensible y desprovisto de emociones, sentado en el sillón con su pipa, sin hacer nada más que pensar –la versión popularizada en el cine por Peter Cushing– que nos hemos llegado a olvidar de que en las sagradas escrituras también aparece un Holmes diametralmente opuesto: extremadamente nervioso, de una actividad febril –si no está deprimido, claro–, neurótico, drogadicto y orgulloso de su forma física como boxeador y como atleta. Tengo una muy buena amiga que cuando volvió del cine de ver la última versión cinematográfica del personaje (Sherlock Holmes, Guy Ritchie, 2009, con Robert Downey Jr. como Holmes y Jude Law como Watson) me llamó para preguntarme qué tipo de herejía era presentar a un Holmes al tiempo misógino y mujeriego, que bebía como un cosaco, se vestía de chino, se drogaba y provocaba peleas cuerpo a cuerpo, a lo que tuve que contestarle que exactamente eso era la ortodoxia holmesiana; me temo que no acabó de quedar convencida, qué le vamos a hacer.
Pues bien, todo eso es la herencia del Lecoq de Gaboriau. Si hay algo que enorgullece a Lecoq es que nadie conoce su verdadera apariencia física, aunque en Le crime d’Orcival hay un par de momentos en que se muestra tal como es, bien a su pesar; su apartamento es siempre descrito como una mezcla de gabinete de estudioso y de camerino de actor; en otra de sus aventuras, Le dossier nº 113[11] (1867), que he releído esta semana para afianzar mi argumentación, adopta varias identidades; en ningún momento permanece especialmente reflexivo: necesita acción, movimiento, estar en misa y repicando, aparecer como quien no es, no ser reconocido por sus conocidos y provocar el pasmo continuo de propios y ajenos. Esa caracterización del personaje que realiza Gaboriau será directamente heredada por la criatura literaria de Conan Doyle, pero no por sus sucesores directos en la línea anglosajona: no me imagino ni por un momento a lord Peter Winsey o a Philo Vance vistiéndose de mamarracho; como mucho, recuerdo a Hercule Poirot haciéndose pasar por su hermano Achille, pero más como un guiño al lector que como algo verdaderamente nuclear en la definición del personaje. Y en cuanto al despliegue de energía motora por parte del detective, muchos autores posteriores lo considerarán un elemento que debe ser suprimido en la medida de lo posible para reafirmar el carácter intelectual del personaje: en el límite está el orondo Nero Wolfe, que jamás sale de sus habitaciones si puede impedirlo[12]. Solo otro personaje de ficción superará a Lecoq y a Holmes en ubicuidad y en apariencia proteica: me refiero, evidentemente, a Arsène Lupin (otra vez aparece por aquí), pero Lupin supone el momento clásico de la tradición francesa, no de la anglosajona.
En la próxima entrada les hablaré del segundo eje que anunciaba: la técnica narrativa. Y dejaré, por el momento de reflexionar sobre este asunto; tampoco quiero utilizar en un blog los recursos del folletín decimonónico: creo que son géneros distintos.


[1] La traducción que uso en español es la de Julio Cortázar: Poe, Edgar Allan: Cuentos.- Prólogo, traducción y notas de Julio [Florencio] Cortázar [Descotte].- Alianza Editorial (El Libro de Bolsillo, Literatura n.os 5506 y 5507), [Madrid 1998].- 2 tomos: t. I, 576 págs.; t. II. 514 págs. (17,5 x 12).
[2] En las págs. 425-466 del tomo I de la mencionada edición.
[3] Ibidem, págs. 467-524.
[4] Ibidem, págs. 525-546.
[5] La importancia del personaje es lo que permitió a Salvador Vázquez de Parga construir una historia de la novela policiaca y una historia de la novela de espionaje a partir de los personajes protagonistas y no de los autores de las mismas, si bien las referencias a estos últimos son evidentemente ineludibles. Cf. Vázquez de Parga [Chueca], Salvador: Los mitos de la novela criminal.- Planeta (Textos n.º 67), [Barcelona 1981].- 317 págs., ilustr. en negro (17,5 x 12,5); y Vázquez de Parga [Chueca], Salvador: Espías de ficción.- Planeta (Textos n.º 85), [Barcelona 1985].- 251 págs., ilustr. en negro (20 x 12,5).
[6] “The Man with the Twisted Lip” (1891), en https://en.wikisource.org/wiki/The_Man_with_the_Twisted_Lip.
[7] Evidentemente, “The Final Problem” (1893), en https://en.wikisource.org/wiki/The_Final_Problem.
[8] “The Greek Interpreter” (1893), en https://en.wikisource.org/wiki/The_Greek_Interpreter.
[9] “A Scandal In Bohemia” (1891), en https://en.wikisource.org/wiki/A_Scandal_in_Bohemia.
[10] “The Adventure of the Empty House” (1903), en https://en.wikisource.org/wiki/The_Adventure_of_the_Empty_House.
[11] Hay traducción al español: Gaboriau, Émile: “El expediente 113” [Le dossier nº 113], [trad. de Manuel Serrat Crespo, ilustr. de Julio Vivas (en realidad, de Francisco Puerta Aparicio)], en Club del Misterio, XI [(Bruguera, Barcelona 1983)], 241-359, 15 ilustr. en negro.
[12] Lo cual es solo cierto a medias: cuando el asunto se complica, Wolfe es el primero que pide su coche y su chófer para ir a resolver por sí mismo asuntos en que no considera conveniente delegar. Incluso en una ocasión (The Black Mountain, 1954), que a mí se me alcance, se desplaza a su Montenegro natal para ayudar a un amigo de la infancia, lo que no es sino un recurso por parte del autor para atrapar el interés del lector por lo excepcional del caso (lo nunca visto que anunciaba la juglaría medieval, vamos). Hay traducción española: Stout, Rex [Todhunter]: La montaña negra [The Black Mountain].- [Trad. de M. Bosch Barrett].- Plaza & Janés (Búho n.º 31), [Esplugues de Llobregat 1981].- 246 págs. (18 x 10).

domingo, 24 de enero de 2016

Sobre Émile Gaboriau y los orígenes de la novela policiaca (I)



Émile Gaboriau

Hay una casa editora asturiana, dÉpoca editorial, que se ha empeñado en editar novelones del XIX, según dice en su propia web; dentro de su catálogo hay una serie que se titula Misterios de época en la que están traduciendo algunos de los autores fundamentales en los orígenes del genero policiaco, hasta la primera guerra mundial, aproximadamente: ya obran en mi poder El misterio del carruaje (1886) de Fergus Hume[1] y El misterio de Gramercy Park (1897) de Anna Katherine Green[2]; veo también que tienen en prensa algo de Richard Austin Freeman, de Gaston Leroux y de Maurice Leblanc (a lo mejor aprovecho la excusa y les cuento algo sobre Leblanc y Arsène Lupin, todo un personaje que marcó mi adolescencia como lector y al que de vez en cuando regreso para volver a sentirme un lector adolescente). En cualquier caso, hoy no voy a hablar de de ninguno de ellos, sino de Émile Gaboriau, de quien dicha editorial ha publicado El crimen de Orcival (1866)[3].
En los orígenes de la novela policiaca es posible distinguir dos líneas fundamentales: la más conocida es la anglosajona, que parte de Edgar Allan Poe (The Murders in the Rue Morgue, 1841, el principio de todo), que continúa con Dickens (The Mystery of Edwin Drood, 1870) y con su íntimo amigo Wilkie Collins (The Moonstone, 1868) y que cristaliza en Conan Doyle; Borges lo resume muy bien: Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) fue un escritor de segundo orden a quien el mundo debe un personaje inmortal: Sherlock Holmes [4]; para los puristas, todo lo anterior converge en Sherlock Holmes; todo lo que ha de venir parte de Sherlock Holmes; Rex Stout, en un famoso artículo de 1941 en el que postula que Watson era una mujer[5], se refiere al canon holmesiano (no sin cierta ironía, habida cuenta de lo herético de su tesis) como las sagradas escrituras.
Vidocq
La otra línea, más desconocida, es la francesa: su punto de partida es un personaje real, Eugène-François Vidocq, jefe de la policía napoleónica y postnapoleónica y fundador de la primera agencia de detectives de que se tenga noticia, cuyas Mémoirs (1828-1829) sirvieron de de modelo a Balzac (es en quien se inspira el personaje de Vautrin de Le Père Goriot, 1842, y de Splendeurs et misères des courtisanes, 1838-1847) y a Victor Hugo (en Les Misérables, 1862); hay una película protagonizada por Gérard Depardieu e Inés Sastre sobre Vidocq que se deja ver muy bien. Y en esta línea Émile Gaboriau hace el papel de eslabón con respecto al momento clásico francés (los ya citados Leroux y Leblanc) que Dickens y Collins hacían con respecto al momento clásico anglosajón, o sea, con respecto a Conan Doyle.
Al conocimiento de Gaboriau llegué a través de dos fuentes: en primer lugar, la imprescindible Historia de la novela policiaca de Fereydoun Hoveyda[6]; la segunda, el propio Sherlock Holmes quien, famosamente, diagnostica en el capítulo II de A Study in Scarlet (1887): "Lecoq was a miserable bungler," he said, in an angry voice; "he had only one thing to recommend him, and that was his energy. That book made me positively ill. The question was how to identify an unknown prisoner. I could have done it in twenty-four hours. Lecoq took six months or so. It might be made a text-book for detectives to teach them what to avoid."[7]¿Quién era ese monsieur Lecoq acerca de quien Holmes se mostaba tan extremadamente severo? Pues es el detective creado por Gaboriau: aparece por primera vez, como personaje secundario, en L’affaire Lerouge[8], y a partir de Le crime d’Orcival, como protagonista de sus novelas policiacas.
Pero veo que llevo ya escrito folio y medio y aún no he entrado en materia, me he quedado en una introducción más o menos histórica y no he hablado de lo que quería: de cómo las aventuras de Lecoq, por mucho que Sherlock Holmes las desprecie, confluyen e influyen en lo que es la línea principal del género, la anglosajona, y en particular en las propias novelas largas de Conan Doyle. Casi  les emplazo para la próxima entrada.


[1] Hume, Fergus[son Wright]: El misterio del carruaje [The Mystery of a Hansom Cab].- [Introducción de Susanna González.- Trad. de Rosa Sahuquillo Moreno y Eva María González Pardo.- Ilustraciones originales de C. Sedano].- dÉpoca editorial (Misterios de Época), [Morcín 2015].- 345 págs., ilustr. en negro (23,5 x 15,5).
[2] Green, Anna Katharine: El misterio de Gramercy Park [The Affair Next Door].- [Introducción de Carmen Forján García.- Trad. de Rosa Sahuquillo Moreno y Susanna González.- Ilustraciones originales de  L. Malteste].- dÉpoca editorial (Misterios de Época), [Morcín 2014].- 391 págs., ilustr. en negro (23,5 x 15,5).
[3] Gaboriau, Émile: El crimen de Orcival [Le crime d’Orcival].- [Trad. de Eva María González Pardo.- Introducción de Juan Mari Barasorda.- Ilustraciones de Iván Cuervo Berango y Jules Guerin].- dÉpoca editorial (Misterios de época), [Llanera 2015].- 443 págs. (23,5 x 15).
[4] Borges [Acevedo], Jorge Luis; y Vázquez, María Esther: Introducción a la literatura inglesa.- Alianza Editorial (El Libro de Bolsillo, Biblioteca de autor n.º 25), [Madrid (1)1 1999].- 111 págs. (17,5 x 11). La cita figura en la página 91 de esta edición
[5] Stout, Rex [Todhunter]: “Watson era una mujer” [“Watson was a Woman”], [trad. de Silvia Serra], en Club del Misterio, XI (Bruguera, Barcelona 1983), IX-XV.
[6] Hoveyda, Fereydoun: Historia de la novela policiaca [Histoire du Roman Policier].- [Prólogo de Jean Cocteau.- Trad. de Monique Acheroff].- Alianza Editorial (El Libro de Bolsillo n.º 69), Madrid [1967].- 225 págs. (18 x 11).
[8] Hay traducción española: Gaboriau, Émile: El caso Lerouge [L’affaire Lerouge].- [Prólogo y trad. de Jaume Fuster].- Península (Ediciones de Bolsillo n.º 71, Serie negra policial n.º 12), Barcelona 1972.- 200 págs. (18,5 x 11,5).