Ha caído en mis manos –es un regalo de alguien que conoce
bien mis gustos y aficiones literarias– un curioso volumen: La séptima función del lenguaje, de
Laurent Binet[1].
Como quien hizo el regalo es filólogo –clásico, por más señas–, pensé que
pretendía que repasara las funciones del lenguaje, así que lo hice: consulté mi
manual de lengua española de COU[2] y su
página ocho me recordó la existencia de cuatro funciones: la expresiva, la conativa, la representativa y
la poética o estética. Rebuscando en otras fuentes pude completar la serie con
otras dos: la metalingüística y la fática. En total, seis. No siete. La
séptima no aparecía por ningún lado, así que abordé la lectura del libro para
informarme de cuál era la función de marras.
Pero, como he dicho antes, quien me lo regaló es alguien que
me conoce bien: el destinatario del obsequio era yo –no él–, así que no se
trata de un ensayo sobre semiología sino de una novela policiaca, y de una novela
policiaca extraordinariamente original en su planteamiento y, sobre todo, en su
desarrollo.
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Roland Barhes |
Voy con el planteamiento. El punto de partida es un hecho histórico:
el 25 de marzo de 1980 el semiólogo francés Roland Barthes –en aquel momento,
una de las autoridades indiscutibles de su disciplina– fallece tras ser
atropellado frente a la Sorbona por una furgoneta. Binet, el autor de la
novela, contempla la posibilidad de que no se trate de un accidente, sino de un
asesinato con un móvil esotérico: impedir que Barthes hiciera pública la séptima función del lenguaje. A raíz de
este hecho, se pasean por las páginas de la novela lo más granado de la
intelectualidad ochentera: Michel
Foucault, Jacques Lacan, Louis Althusser, Jacques Derrida, Roman Jakobson, Julia
Kristeva, Philippe Sollers, Noam Chomsky y, dominando el panorama como el dios
supremo de la semiología, Umberto Eco[3]. También
aparecen ocasionalmente –en plan cameo– los primeros espadas de la política
francesa del momento: Laurent Fabius, Valéry Giscard d’Estaing y François
Mitterrand. Como contrapunto, los personajes ficticios: el inspector Bayard y
su ayudante ocasional, Simon Herzog. El primero es un policía clásico, sin
pretensión intelectual alguna, de derechas; el segundo es un doctorando profesor
ayudante de universidad, de izquierdas, reclutado prácticamente a la fuerza por
el inspector para descifrar la jerga de los semióticos, absolutamente
ininteligible para él. No hacen mala pareja: el policía, con su escaso
protagonismo personal, tiene su punto de comisario Maigret; el profesor, que
imparte la disciplina Semiología de la
imagen, interpreta con celeridad los indicios que ve, como antaño hiciera Sherlock
Holmes. En cualquier caso, creo no equivocarme si supongo que el texto de la
novela remite a otros textos…
Estos son los materiales con los que el autor construye un
andamio paródico de dimensiones más que notables: el asesinato de Barthes es lo
de menos, no se trata más que una excusa para desarrollar un argumento cuyo eje
central es una conspiración a escala planetaria –¿por qué, durante la lectura,
no hacía más que acordarme de El péndulo
de Foucault?– para hacerse con la séptima
función, la que permite que el lenguaje sea la palanca con la que mover la
voluntad de los receptores del mensaje: de ahí la importancia política de su control.
Esa búsqueda va a llevar a los personajes a través de seis escenarios,
correspondientes a las cinco partes de la novela y a su epílogo: París, Bolonia,
Ithaca (Nueva York, Estados Unidos), Venecia, otra vez París y Nápoles; todo
comienza y termina en París; Bolonia es la ciudad en la que Bayard y Herzog
conocen a Umberto Eco; Ithaca es la sede de un congreso universitario donde se
reúnen todos los gurús de la materia y se ponen a parir los unos a los otros
como auténticos caballeros; Nápoles es un episodio con función de cierre y con
una erudita anécdota sobre la pizza Margarita[4]. Es,
sin embargo, en la sección sobre Venecia en la que me ha parecido que la novela
alcanza su mayor cota de maestría. El escenario, un teatro barroco; los
personajes, todos ellos partícipes de la conjura mundial –medio masones, medio
carbonarios, medio templarios, medio satánicos: el modelo clásico de El péndulo, vamos–, con máscaras
venecianas; la acción, un debate oral sobre un tema más que críptico (On forcène doucement) en el que solo
quien domine la séptima función podrá
resultar vencedor; para este, la
cúspide jerárquica de la organización conspirativa, el Logos Club; para el vencido, una mutilación corporal vergonzante;
los contendientes, dos de los personajes centrales del relato cuyas identidades
no debo desvelar, habida cuenta de las máscaras que vistosamente ostentan
durante la justa verbal; y de trasfondo y a modo de contrapunto, una
espectacular reconstrucción de la batalla de Lepanto –recuérdese: el papado,
Felipe II y Venecia contra la armada
de Selim II el Beodo– con un
Cervantes manco, corporalmente mutilado –aunque no de manera vergonzante– que
funciona como símbolo, o como signo, o quizá como mero indicio del sentido global
del relato.
Para concluir, creo que hay otro aspecto merece destacarse
porque subyace a lo largo de toda la narración: es lo que podría denominarse el
componente unamuniano de la novela.
Me explico: Simon Herzog, como buen semiótico, se pregunta por la naturaleza de
lo real: ¿es lo simbólico real?; ¿es real lo ficticio?; ¿son los personajes
literarios –don Quijote, Montecristo, Holmes– reales o simplemente supernumerarios[5]?;
¿es Herzog real, por mucho que él sospeche que solo es un personaje literario?:
[…]
Simon concreta: «¿Cómo sabes que no estás en una novela? ¿Cómo sabes que no
vives dentro de una ficción? ¿Cómo sabes que tú eres real?»
Bayard
mira a Simon y le responde con un tono indulgente: «¿Tú eres gilipollas o qué?
Lo real es todo, es lo que vivimos.»[6]
Me da la impresión de que el autor comparte la tesis de que
la literatura es parte esencial de lo real.
[1]
Binet,
Laurent: La séptima función del lenguaje [La septième
fonction du langage].- Traducción del francés por Adolfo García Ortega.- Seix
Barral (Biblioteca Formentor), [Barcelona 2016].- 445 págs. (23 x 13,5).
[2]
Lázaro
[Carreter], Fernando: Curso de Lengua Española.- Anaya
(Manuales de Orientación Universitaria), [Madrid 1979].- 504 págs. (23,5 x
15,5).
[3]
Ya he expresado en este
blog mi admiración por Umberto Eco, por lo que su recreación
como personaje –perdón, como actante–
de la novela me ha supuesto un atractivo adicional nada desdeñable.
[4]
Pág. 430 de la ed.
citada.
[6] Pág. 389.