Cuenta la leyenda que el origen de la fortuna de la familia
Rothschild se remonta a una jugada de fortuna tras la batalla de Waterloo.
Según se sabe, esta batalla supuso el final del imperio de Napoleón, que tuvo
que abdicar por segunda y definitiva vez y marchar al exilio a Santa Elena, una
islita de poco más de 100 km2 situada en mitad del Atlántico. Pues
bien, el día 18 de junio de 1815 toda Europa estaba pendiente del resultado del
enfrentamiento entre los últimos soldados napoleónicos y los que conformaban la
séptima coalición, al mando del británico Arthur Wellesley −mejor conocido como duque de
Wellington− en una llanura belga cercana a la ciudad de Waterloo. Si la
victoria se decantaba del lado francés era de esperar la reanudación de los
enfrentamientos bélicos a escala europea, que no conocían solución de
continuidad desde la ruptura de la paz de Amiens (1803); por el contrario, si
vencían británicos, prusianos y demás coaligados era de esperar un largo
periodo de paz y, por ende, de escenario propicio para la reanudación de la
actividad mercantil y financiera. Y eso era lo que esperaba Nathan Mayer Rothschild,
el más destacado miembro de la segunda generación de su dinastía, financiero de
origen judío alemán que se había afincado en el Reino Unido y que había fundado
en 1808 el Banco N. M. Rothschild & Sons, banco que por otra parte aún
funciona en la actualidad. Y cuenta la leyenda que Nathan Rothschild se las
ingenió para ser el primero en enterarse del resultado de la batalla: según algunas
fuentes el propio
financiero estaba presente en la llanura de Waterloo y, tras la derrota de
Napoleón, logró alquilar una embarcación con la que llegó a Inglaterra
rápidamente;
según otras, fue una
paloma mensajera la que recorrió volando los algo menos de 400 km que separaban
el campo de batalla de la capital británica. Sea como fuere –sigue contando la
leyenda– Nathan Rothschild, sabedor de cuál era la situación real, hizo
circular la especie de que Napoleón había resultado vencedor en la contienda,
lo que provocó que la bolsa londinense sufriera un desplome que las fuentes han
cuantificado desde el
5% hasta valores
bastante más altos; en cualquier caso, cuando el banquero consideró que la situación
en el mercado era lo suficientemente favorable, sus agentes comenzaron a
comprar las acciones previamente depreciadas, acciones que volvieron a
apreciarse hasta alcanzar valores de cotización superiores a los de su posición
de partida. En pocas palabras: primero hundió el mercado y, cuando estaba lo
suficiente hundido, se lo compró entero (o casi) a precio de saldo.
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Jacques-Louis David, El emperador Napoléon en su estudio de las Tullerías (1812), Washington, National Gallery of Art
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La primera vez que tuve noticia de la
anécdota fue hace más
de treinta años, a través de un manual francés sobre crisis económicas, del que
traduzco lo sustancial:
Al anochecer del 18 de junio de
1815, las últimas esperanzas de Napoleón se derrumbaron. La Bolsa de Londres no
se había equivocado en sus previsiones optimistas: antes de que se conocieran los
resultados de la batalla, el descenso del precio de las acciones, iniciado
a principios de junio, se había detenido. Una leyenda atribuye la fortuna de Nathan
Mayer Rothschild a una acción especulativa afortunada: se cuenta que habría
conocido la derrota francesa gracias a palomas mensajeras y que así habría podido
proceder a fructíferas operaciones de arbitraje. Sin duda, es inexacto. Por
otra parte, Rothschild debía el poder de su posición a su papel de intermediario
en nombre del gobierno británico: este último remuneraba directamente sus
servicios. Si la anécdota es falsa, no por ello deja de resultar significativa:
traduce el clima de especulación que reinaba en Londres, la sensibilidad de las
posiciones del mercado y las oportunidades de ganancia que se ofrecían a los hombres
de negocio.
De la lectura de algunos enlaces
incluidos más arriba –y de otros como este– se
desprende que la leyenda del origen de la fortuna de los Rothschild en Waterloo
se atribuye a un panfleto antisemita de treinta y cinco páginas publicado en
1846 por el polemista Georges Dairnvaell bajo el seudónimo de Satan con
el título Histoire édifiante et curieuse de Rothschield Ier, roi
de Juifs. Como la Biblioteca Nacional Francesa tiene la envidiable
costumbre de digitalizar prácticamente todos sus fondos, el curioso lector
puede consultarlo en línea aquí.
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El año pasado editorial Cátedra, en su
colección Letras universales, publicó una nueva edición de Un asunto
tenebroso de Balzac; a pesar
de que ya tenía una buena traducción, lo
voluminoso del prólogo, la profusión de notas y la presencia de apéndices me movió
a hacerme con un ejemplar. Para los aficionados a la novela policiaca –y los
asiduos de este blog saben que yo me cuento entre ellos– Un asunto tenebroso
ocupa un lugar privilegiado en la historia del género: escrita en 1837 y
publicada en 1841 –el mismo año que The Murders in the Rue Morgue de Poe–
se ha considerado, en ocasiones, la primera novela –en su sentido de narración
de mayor extensión que el cuento– policiaca y, desde luego, la primera en
lengua francesa. Sin entrar en más disquisiciones, coincido con la conclusión a
la que llega Mauro Armiño en el prólogo a la edición citada:
Un asunto
tenebroso […] contiene varios elementos del género: plantea, desde luego,
materiales temáticos, por ejemplo enigmas que la investigación de Corentin y
Peyrade trata de resolver a partir de deducciones propias del caballero Dupin
–el botón de un uniforme en el polvo del camino, las huellas de una herradura,
restos de yeso, el número de caballerías–, pero la estructura de lo policial se
difumina en el excesivo número de intrigas; […]. Llevado por su reciente idea
de La Comedia humana como fresco histórico, Balzac desvía lo policial
hacia la explicación del asalto al poder de los parvenus de la Revolución,
[…].
De ahí que
parezca un exceso calificar de «primera novela policiaca» Un asunto
tenebroso; sin embargo, desempeña un papel en la evolución del género que va
a dar lugar, en seguida, a un subgénero más: la novela judicial, con una
evolución que llegará hasta finales del siglo XIX.
En síntesis, la obra narra la
conspiración de Talleyrand y Fouché para
destituir a Napoleón si este era derrotado (lo que no ocurrió) en la batalla de
Marengo (14 de junio de 1800), mezclando este hecho con otros posteriores como
la conspiración de Cadoudal (1803), el asesinato del duque d’Enghien (21 de
marzo de 1804) y el secuestro del senador Clément de Ris (septiembre a octubre
de 1800). La mayor parte de la trama se dedica a este último episodio –aunque
el senador secuestrado responde al nombre de Malin–, a la resolución del mismo
y al juicio a que dio lugar: de ahí la referencia al subgénero de novela
judicial
a que alude el prologuista.
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Honoré de Balzac
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Pues bien, al final de la novela se
narra en detalle la conspiración paralela a la batalla de Marengo y en esa narración
hay dos detalles que me han llamado la atención: el primero, que Fouché había
encargado la impresión de carteles en que se proclamaba la puesta al margen
de la ley y la muerte política de Bonaparte,
pero que la difusión de los mismos se pospuso hasta conocer el resultado
definitivo de la batalla, resultado que, como ya he señalado antes, fue
favorable al futuro emperador. El segundo se concentra en una frase muy
concisa: ante el resultado incierto de la batalla y las noticias confusas que
iban llegando a París, Balzac dice que hubo pérdidas considerables en la
Bolsa.
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Consideremos los elementos comunes de
las dos historias: en ambos casos la figura central es Napoleón y el elemento
desencadenante es la insegura resolución de una batalla entablada por él
(Waterloo, Marengo); en ambos casos alguien (Nathan Rothschild, Fouché)
contamina la opinión pública con noticias falsas que favorecen sus intereses; y
en ambos casos, esa contaminación tiene consecuencias en los mercados
financieros. Podría inferirse que, como la versión de Dairnvaell es posterior a
la de Balzac, aquel tomó la idea de este, pero sería una falacia del tipo post
hoc ergo propter hoc. El propósito de esta nota no es otro que señalar la
coincidencia –que me parece curiosa–, no establecer filiaciones textuales.
En otro orden de cosas, este tipo de
sucesos solo podía acaecer en tiempos pretéritos: recientemente el gobierno de
España ha aprobado un ambicioso plan contra las fake news que sin duda
habrá de desbaratar desde la raíz los planes de ambiciosos banqueros o de
conspiradores profesionales. Me tranquiliza hasta el punto de que creo que voy
a invertir en bolsa sin temor alguno.